“Mamá, yo fui el último que tocó el cuerpo de su hijo, lo hice con respeto y cuidado, y lo enterré con honor como él lo merecía”, el coronel Geoffrey Cardozo, responsable de haberle dado sepultura en 1983 a los argentinos caídos durante la guerra de Malvinas, repite con emoción las palabras que usó el año pasado en el Chaco mientras abrazaba a los padres de los jóvenes enterrados sin identificar en el cementerio de Darwin.

Su viaje fue una manera de cerrar “esa angustia que tuve en la boca de estómago durante tanto años por no haber podido conocer el nombre de esos chicos, y la frustración que me produjo haberme enterado que los padres desconocían con qué cuidado habíamos tratado a sus hijos para darles una decente sepultura”, le cuenta a Infobae desde Puerto Argentino donde acaba de aterrizar, invitado por la Cruz Roja Internacional como consejero en el Plan Proyecto Humanitario, que permitirá identificar las 123 tumbas cuyas placas rezan “Soldado Argentino Sólo Conocido por Dios”.

Desde hoy Cardozo trabaja junto a los doce expertos elegidos por la CICR en la exhumación de los cuerpos y la toma de muestras que serán cotejadas con las de 95 familias que buscan saber dónde están enterrados sus hijos. El grupo de profesionales está liderado por Laurent Corbaz y cuenta con la participación de dos integrantes del Equipo Argentino de Antropología Forense argentino: Luis Fondebrider y Mercedes Salado.

En 1982 el coronel Geoffrey Cardozo tenía 32 años y trabajaba en tareas logísticas en el Ministerio de Defensa en Londres. El 14 de junio, día de la rendición, un llamado le cambió la vida: le ordenaron viajar a las islas para ocuparse y mantener la disciplina de los hombres que habían sobrevivido a la guerra.

“Puse el pie en las islas al día siguiente de finalizado el conflicto. Me enviaron para ayudar a los oficiales con la tropa en el período de post guerra que siempre es muy difícil. Tenía que mirar, cuidar, darle contención a nuestros soldados. El post conflicto es muy duro para los combatientes: están con la adrenalina muy alta, tienen mucho stress, hay agresión y tienen tendencia a tomar demasiado alcohol. Es una época en la que hay que vigilar y controlar a los hombres, ya que después de las batallas suele haber excesos. Mi función era mantener la disciplina, darles comida y comfort, que es importantísimo para los sobrevivientes”, relata.

Con respeto, cuidando de no dar los detalles que tan minuciosamente anotó en el informe que presentó ante el Reino Unido y la Cruz Roja en Ginebra después de la guerra, cuenta cómo los ingenieros que buscaban minas en esos helados meses de junio de 1982 empezaron a encontrar cuerpos de soldados argentinos enterrados en los campos de batalla.

“Cuando los ingenieros hallaban las fosas, me mandaban llamar. Yo iba en helicóptero hasta el lugar, a veces llevaba una trompeta, hacíamos una pequeña ceremonia, rezábamos una plegaria y marcábamos el lugar donde habían sido enterrados”.

Durante cuatro meses trabajó en las islas. Para diciembre, el gobierno de Margareth Thatcher ya le había ofrecido a Leopoldo Fortunato Galtieri, presidente de facto de la Argentina, “repatriar los cuerpos”. El general que llevó al país a la guerra, respondió: “Ellos están en nuestra Patria, allí van a quedarse”. “Fue entonces que el Reino Unido me mandó a darles una honorífica sepultura y armar un cementerio”, recuerda Cardozo.

El cementerio Darwin (NA)

El cementerio Darwin (NA)

Con la nueva tarea encomendada, el oficial voló a Londres para buscar expertos: “No es una tarea para que hagan soldados”, sentenció. Visitó tres casas funerarias: buscaba hombres mayores de 30 años, por un tema de madurez emocional, y hasta 40, por un tema de resistencia física, ya que era una tarea muy dura.

La compañía elegida subcontrató a su vez a dos directores de funeral: Pauls Mills -quien había sido el encargado de trasladar los cuerpos de los británicos desde las islas- y William Lodge. En total doce hombres regresaron a las islas con el coronel para inhumar los restos de los soldados argentinos.

“Empezamos la tarea en los primeros días de enero de 1983, y el 19 de febrero les dimos sepultura. Hasta ese momento yo estaba instalado en un barco, pero con esta nueva misión me fui a vivir con ellos en las carpas que se tendían cerca de cada lugar donde estaban los cuerpos, que luego trasladábamos en helicóptero a Darwin”.

Para la construcción del cementerio tomó contacto con un miembro de la Commonwealth War Graves Commission. “Ellos son los que tienen experiencia y podían ayudarme. Hablé con un experto y me dio detalles técnicos, cómo debía emplazar el cementerio, cómo tenía que ser la irrigación y cuál era la correcta disposición de las cruces”, explica Cardozo.

Treinta soldados argentinos yacen en una fosa común después de la batalla de Darwin (AP)

Treinta soldados argentinos yacen en una fosa común después de la batalla de Darwin (AP)

Recuerda que fue muy complicado determinar en qué lugar de la isla iban a erigir el cementerio. “Los isleños no querían tener a los muertos cerca porque los sentimientos aún estaban en carne viva”, rememora. Pero un granjero de Darwin, Brooke Hardcastle, dueño de varias hectáreas en la zona, sintió piedad y ofreció un pedazo de su tierra para que se les pueda dar una sepultura con honor a los soldados argentinos. “Tuvo un gran gesto humanitario”, agrega el coronel.

Y conmovido relata aquellos difíciles días en las islas.

Cuando vi los primeros cuerpos quedé en shock. No podía creer que no tuvieran la chapa identificatoria. Un soldado profesional nunca puede salir sin su identificación colgada al cuello… Encontré que algunos jóvenes habían pegado un papelito y escrito en tinta sus nombres, pero estaban borroneados por la lluvia y el clima”.

“Revisé cada cuerpo con mucho cuidado, los bolsillos, las chaquetas, todo. Buscaba algo que me permitiera identificarlo con certeza: había cartas ‘a un soldado argentino’, rosarios, estampitas, golosinas, fósforos, alguna carta personal borroneada que no me permitía determinar si era propia o la había guardado para entregarla a un compañero- cosa que podía llevarme a un conclusión errónea-, pero nada que me permitiera certificar quién era”.

“Anoté cada cosa que encontré en una libreta, por si algún día alguien pedía la identificación. Envié todas estas pertenencias a Inglaterra, para que a su vez fueran enviadas a los familiares en Argentina, salvo aquello que por su estado de deterioro resultar ofensivo para sus seres queridos“.

“Cuidé y respeté cada cuerpo. Los envolví primero en una sábana, como a Cristo, los metí en una bolsa de plástico negra, y luego en una bolsa blanca de PVC, donde anoté con tinta indeleble todos los detalles. Por último, cada soldado fue depositado con respeto en un ataúd de madera. Y sobre el ataúd, volví a anotar todos los datos. Buscaba que esos cuerpos pudieran preservarse para una futura identificación”.

La guerra dejó 649 muertos argentinos, 255 británicos y 3 isleños

La guerra dejó 649 muertos argentinos, 255 británicos y 3 isleños

Concluida su labor en las islas, Cardozo volvió al Reino Unido “pero siempre recordé a esos 123 muchachos que no pude identificar”. Años más tarde, por internet se enteró de las versiones falsas que existían en la Argentina: “Decían que el cementerio era una gran fosa común y que un río subterráneo había arrastrado los cuerpos”, dice.

Sintió rabia e indignación. “Pensé que las familias podían creer eso y desconocían con cuánto respeto habíamos tratado a sus hijos”.

En 2008, el destino hizo que lo invitaran a una reunión con veteranos argentinos e ingleses. Había estudiado español en la Universidad de Zaragoza, España, y podía oficiar de traductor. Allí conoció a Julio Aro, veterano de Malvinas, que había viajado junto a otros ex combatientes, José Raschia y José Luis Capurro, buscando conocer cómo trabajaban los ingleses para ayudar a los soldados que volvían con stress post traumático.

Una tarde los llevó a conocer Londres (“el que no es para turistas”), y en esas charlas más íntimas, supo del dolor que Aro sentía: había vuelto a Malvinas para cerrar su historia en la guerra y entre las 237 cruces del cementerio no había podido encontrar a muchos de sus compañeros.

“Quizás son algunos de mis 123 jóvenes sin nombre”, pensó Cardozo. Antes de despedirlos, el oficial inglés les entregó en un sobre de papel madera el minucioso documento que realizó en 1983 cuando inhumó los cuerpos: “Ustedes van a saber qué hacer con esto”.

El coronel Geoffrey Cardozo regresó a las islas para ayudar en la exhumación de los cuerpos no identificados

El coronel Geoffrey Cardozo regresó a las islas para ayudar en la exhumación de los cuerpos no identificados

“Yo entendí su dolor, y por eso les di mis anotaciones en ese informe que nadie había visto. Quería que se supiera que habíamos hecho un entierro decente y con honores para sus compañeros”.

Al regresar al país, Aro creó la Fundación No me Olvides y comenzó a trabajar junto a padres y madres de los soldados no identificados. Sin apoyo oficial de ningún tipo, la causa no avanzó. En 2010 el veterano se contactó con esta periodista de Infobae -quien hoy escribe esta nota- y se hicieron las primeros reuniones con Luis Fondebrider, presidente del EAAF –quien determinó que la tarea era posible de realizar a pesar del tiempo transcurrido– y con la Cruz Roja Internacional –quienes ayudaron guiándolos en los pasos legales a seguir.

Pero las puertas del gobierno de Cristina Kirchner no estaban abiertas. “¿Por qué querés hacer esto, acaso tenés un muerto en Malvinas?“, preguntó un funcionario con despacho a escasos metros de la primera mandataria. Buscando el apoyo oficial imprescindible para avanzar en esta causa -el gobierno argentino era quien debía solicitarle al Reino Unido la identificación de los caídos- el contacto con Roger Waters, líder de Pink Foyd -que en marzo de 21012 tenía programados 10 recitales en el Monumental-, fue fundamental. El músico inglés se comprometió y ayudó a las madres de Malvinas llevándole el reclamo a CFK en la reunión que mantuvieron en Casa de Gobierno. Desde ese instante comenzaron las negociaciones diplomáticas, que concluyeron con el acuerdo firmado en diciembre de 2016.

Ese año, la CICR contactó al coronel inglés para pedir que fuera consejero en esta tarea. En ese instante, el pasado le volvió con fuerza y las 123 cruces sin nombre regresaron a su memoria.

“Supe que Julio y vos habían visitado más de 100 familias y que la identificación se había convertido en una causa humanitaria a nivel internacional. Por eso, cuando la Cruz Roja me llamó para que me sumara como asesor externo, necesité viajar a la Argentina para mirar a los ojos a los padres que durante tantos años habían buscado a sus hijos. Fue algo personal, lo hice sin apoyo gubernamental. Volé al Chaco y visité varias familias. Estaba enojado, sentía ira por el tiempo que había pasado sin que ellos supieran la verdad. Necesitaba darles alivio y abrazarlos”.

Las tumbas de los caídos sin identificar

Las tumbas de los caídos sin identificar

“Antes de emprender el viaje consulté con un psicólogo y con un argentino que vive en Londres: quería saber qué palabras debía usar con los familiares, porque si bien estudié español era imprescindible decir lo justo para no aumentar el dolor y poder llevar verdadero consuelo”.

“El psicólogo me aconsejó que hiciera un video con las imágenes que habíamos hecho el día del entierro -el 19 de febrero de 1983- , porque una imagen vale más que mil palabras y los padres tenían derecho a ver lo que de verdad había ocurrido. Me dijo que pusiera fotos mías, con mis hijos, y dijera unas palabras: ‘Las familias necesitan conocer al hombre, no al coronel’, me sugirió. El amigo argentino me ayudó a elegir las palabras y hacer la traducción del video. Quise hacer un mensaje de paz y reconciliación y ayudar a cerrar el duelo de los familiares” (video que Infobae mostró en exclusiva el domingo 23 de abril).

“Yo no soy un militar inglés, soy un soldado”, se define Cardozo, aunque combatió en diferentes batallas y es hijo de un héroe de la Segunda Guerra Mundial. “Soy un soldado, igual que los jóvenes que están enterrados en Malvinas”.

¿Cómo imagina esta nueva etapa? “Esta próxima etapa de identificación es un nuevo capítulo. No sé si seremos 100 por ciento efectivos, pero podremos decir ‘hicimos lo mejor que pudimos por estos soldados'”.

¿Y cómo encontró a las islas después de 35 años? “Nunca pensé en esto como un regreso. Descubrí una isla que no es como la que dejé, donde dormía en carpas y había nieve y restos de guerra por todos lados”.

De las 123 tumbas sin identificar, Cardozo señala que hay dos que tienen más de un cuerpo. “Son los restos de los muertos en un avión Lear Jet, y los restos encontrados en Mount Pleasant. Los enterramos en dos cajones, como marca la la ley internacional”.

“Yo no tengo que cerrar un duelo, porque siento que cumpli con el trabajo que se me encomendó. Esto es para los familiares. Pero sí me va a servir para quitarme la angustia que me acompañó durante tantos años por esos padres que no saben qué pasó con sus hijos. Yo puse mis pies en los zapatos de cada padre y de cada madre y sentí su dolor. Por eso cuidé y respeté a cada soldado argentino como si mis hijos fueran los muertos en esa guerra“.