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Malvinas. La historia de las últimas muertes que se podrían haber evitado

15 Jun 20
Alberto Mena
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Por: Daniel Santa Cruz

Situaciones bélicas absolutamente eludibles se dieron entre el comunicado N°158, del Estado Mayor Conjunto, emitido a las 10 del 14 de junio de 1982 -hace hoy 38 años-, donde se informaba que «las fuerzas argentinas contenían con heroísmo al enemigo en las batallas de Tumbledown y Wireless Ridge», hasta el comunicado N°165, de las 20,30 de ese día. En ese informe se anunciaba que «en la reunión entre el comandante de las fuerzas inglesas, general Jeremy Moore, y el comandante de la guarnición militar Malvinas, general Mario Benjamín Menéndez, se labró un acta en la cual se establecen las condiciones del cese de fuego y retiro de tropas».

Es llamativo cómo los partes militares no dejaban de informar positivamente sobre la actuación de las fuerzas argentinas. Pero también informaban sobre el avance británico. Así lo indicó el comunicado 161, a las 15.15, que señalaba que «las tropas inglesas han continuado su avance, pese a la enconada y heroica resistencia de las fuerzas argentinas, librándose, actualmente, combates violentos en las proximidades de Puerto Argentino».

Esos combates mencionados en los comunicados de la tarde del 14 de junio fueron innecesarios. Salvo para destacar el heroísmo de las tropas argentinas, no tuvieron otro sentido. Todos sabían que se trataba de un final anunciado. Lo cierto es que el cese de fuego comenzó solo, horas antes, sin que existiera un documento en el que se rubricara el acuerdo.

Se produjeron bajas en las fuerzas argentinas que pudieron evitarse, ante un final inminente. Sobre todo, aquellas que sucedieron la misma mañana del 14 de junio, cuando la rendición argentina solo bastaba ser confirmada y ya no había respuestas ni posibilidades de victoria.

LA NACION reconstruyó, a través del recuerdo de sus compañeros, las últimas horas de los suboficiales Eusebio Aguilar, Eber Ochoa y el soldado Marcelo Planes, que pertenecen a ese grupo de víctimas evitables, que murieron cuando la guerra se apagaba.

«Entre el 11 y el 14 de junio casi ni dormimos. A veces te vencía el sueño en el pozo de zorro, a pesar del frío, el agua a media pierna y quedamos dormido sobre una tabla», recuerda el veterano de guerra Julio Aro a LA NACION.

El lunes 14, el pozo estaba más poblado porque el repliegue empujó las tropas hacia Puerto Argentino. «Entre los que llegaron estaban los suboficiales Aguilar y Ochoa, que se atrincheraban a cinco metros de donde estaba yo», cuenta Aro. El bombardeo fue intenso hasta que se escuchó una explosión bien fuerte y muy cerca. Después Julio supo que había sido la última bomba que escuchó en la guerra, de hecho, fue la última que cayó sobre Puerto Argentino. Pero Aguilar y Ochoa no se enteraron porque murieron por el impacto de las esquirlas.

Julio Aro, que evitó la muerte por estar resguardado en el «pozo», quedó marcado para siempre. Años más tarde se prometió volver a Malvinas a identificar los cuerpos de los soldados, lo que concretó después en la Misión Humanitaria que la Argentina y Gran Bretaña encargaron a la Cruz Roja Internacional, con un minucioso trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, que identificó a 115 de los 123 cuerpos sepultados en Darwin.

«Sepultar a Ochoa y a Aguilar fue lo más fuerte que me pasó y me cambió para siempre», señala Aro.

Ese día, casi a la misma hora que caía la última bomba en el pueblo, en la península de Camber, a 10 kilómetros de Puerto Argentino, unos 115 hombres en la Batería B -Independencia, del Grupo de Artillería de Defensa Aérea, estaban a la espera de un nuevo bombardeo. «De repente cayó una lluvia de bombas, varios salimos despedidos, cuando aturdido levanté la vista busqué a Marcelo y lo encontré tendido, ya no iba a levantarse más», relata Néstor Moltrasio compañero de Planes, caído en el bombardeo.

«Marcelo era soldado clase 1963, falleció el 14 de junio de 1982, a las 10.45 de la mañana, faltando cuatro horas para que se rindiera la Argentina», recuerda Federico, su padre.

Los protagonistas de esta historia saben que Aguilar, Ochoa y Planes forman parte del grupo de las últimas víctimas que dejó el conflicto.

«También tengo familia».

La tarde del 12 de abril de 1982, en el playón del Regimiento de Infantería N° 6 de Mercedes, el encargado de la Compañía Destino, el sargento ayudante Eusebio Aguilar estaba parado junto a soldados a su cargo, esperando uno de los colectivos que los llevaba a El Palomar, para luego partir a Malvinas. El entonces soldado Miguel Albarello cuenta a LA NACION, que se acercó -luego de haber estado bajo sus órdenes más de un año, y le dijo, para distender el momento: «Qué cara de preocupado, mi sargento». Aguilar lo miró serio y contestó: «Es que no solo tengo a ustedes por quien preocuparme, también tengo familia».

Poco más de dos meses, el 15 de junio, Albarello junto a Aro y otros compañeros, sepultaban al sargento Aguilar y al suboficial Ochoa, muertos por heridas producidas con la última bomba que cayó en la cercanía de Puerto Argentino.

«Con lluvia, es de mala suerte»

Edgar Ochoa, era el suboficial principal cocinero, muy querido por la tropa. «Ochoa era cabulero. Salimos de Mercedes el 12 de abril, llegamos a Comodoro Rivadavia y de ahí a Malvinas. Aterrizamos en el viejo aeropuerto un martes 13, a la noche, con frío y viento y lluvia, era una imagen dantesca. Los ponchos verdes mojados se volaban por todos lados», relata a LA NACION Celso Farías, veterano de guerra, también del RIM6 de Mercedes. Y añade que apenas aterrizaron, Ochoa se acerca y dice: «martes 13, lluvia, mal augurio para empezar, no me gusta nada».

Farías recuerda ese diálogo premonitorio porque la suerte no acompañó a Ochoa. «Él estaba a cargo del rancho de tropa, lo recuerdo cocinando o haciendo el mate cocido en esas ollas gigantes siempre entre nosotros, un par de días antes lo llamaron para una comisión, tenía que cocinar en otro lugar cerca de la salida de Puerto Argentino, la que daba al aeropuerto. Cuando comenzó el bombardeo, lo envían a cubrirse al mismo pozo donde estaba Aguilar, donde cayó la bomba que les quitó la vida a ambos. Si se quedaba en el lugar asignado no habría perdido la vida. Tenía razón, la suerte le jugó una mala pasada», sentencia el veterano de Mercedes.

El gesto que engrandece a Planes

«Esa mañana nos levantamos bien temprano, preparamos el desayuno necesitábamos tomar algo caliente para sacarnos un poco el frío del cuerpo», relató Néstor Moltrasio el año pasado en su cuenta de Facebook luego de conocer a Federico, el padre de Marcelo, en la Fundación No me Olvides, cuando decidieron llamar al Jardín Municipal Nº14 del Barrio Hipódromo de Mar del Plata, «Soldado Marcelo Gustavo Planes», en su honor. «De repente dan alerta roja por ataque aéreo. Rápidamente nos fuimos a meter en nuestro pozo, al entrar nos percatamos que faltaba uno de nosotros, era Marcelo. Me asomo y empiezo a gritar para llamarlo. Ya ni siquiera podía escuchar mis propios gritos».

«Por suerte a los pocos minutos Marcelo aparece detrás de un cerco pidiendo a los gritos que salgamos del pozo. Había visto a un abuelo en ataque de pánico y quiso que le ayudemos. Estaba sentado sobre un banco de madera, era un viejito de pelo y barba totalmente blanca, el rostro con mil arrugas. Sin decirnos nada, los cuatro lo rodeamos y abrazamos para que se sintiera protegido. No nos importó que él no hablara nuestro idioma o que no hablara con dios como lo hacíamos nosotros o que quizás nos odiara por llevarle la guerra frente a su propia casa. Nada de eso importaba porque en ese instante él era nuestro abuelo, lo único que queríamos era protegerlo y que se sintiera seguro. Cuando terminó el bombardeo, el abuelito se fue caminando despacio hacia su hogar, levanta su brazo y hace un gesto tierno con su mano como un saludo y agradecimiento por nuestra ayuda. Volteo la vista y observo a Marcelo con una sonrisa en su rostro. Sentí un fuerte orgullo que sea mi compañero. En ese instante se convirtió en mi héroe».

Si bien todas las muertes en una guerra podrían evitarse, estas últimas bajas, junto a la de Claudio Romero, compañero de Planes que cayó horas antes y los soldados Eleodoro Monzón, Roberto Leyes y Sergio Robledo, que perdieron la vida en la colina Sapper Hill, porque el escuadrón al que pertenecían no pudo enterarse del cese al fuego y continuaron batallando, bien podrían considerarse como evitables.

Simplemente porque la guerra, de hecho, ya había culminado unas horas antes.

FUENTE: www.lanacion.com.ar

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